Tuesday, 19 June 2007

Feed - Kurt Hentschläger

O como emprender un viaje psicotrópico sin necesidad de sustancias químicas ni setas tóxicas...

Cuando vas a ver una instalación y antes de entrar te hacen firmar un papel por si te da un ataque de epilepsia, asma o claustrofobia... Una de dos, o se trata de un truco barato de marketing o vas a ver algo que se aleja de lo usual. Aunque supongo que semejante aviso entra ya dentro de la leyenda, ya que The Flicker de Tony Conrad se abría con una advertencia semejante, avisando que la película podía provocar ataques de epilepsia.

El ejemplo de Conrad, como muchos otros de cine estructuralista/métrico que juegan sencillamente con flashes de fotogramas en blanco o negro, no es muy conocido. Lo que sí recordaréis muchos es que en 1997 todos los medios de comunicación se hicieron eco de un hecho extraño: dibujos animados que provocaban ataques epilépticos a los niños. En realidad, no es algo fuera de lo normal, cualquier médico o científico puede dar una explicación sencilla. Se trata de un fenómeno conocido como epilepsia fotosensible, o sea, provocada por flashes de luz intermitentes, o lo que viene a ser lo mismo, luces estroboscópicas. El uso de estas luces o parpadeos de luz no afecta en igual medida a todos los individuos, pero suelen usarse como técnica médica para acelerar la actividad cerebral con la intención de detectar ciertas patologías.

En los años 60, el escritor de la “beat generation” Ken Kesey ya usaba luces estroboscópicas y proyecciones en sus ‘test de acido’; sesiones de viajes con LSD, algunas para conciertos de grupos como The Grateful Dead. De todas formas, con el tiempo, el uso de este tipo de juegos de luz ha acabado siendo terreno casi exclusivo de discotecas y demás espectáculos musicales de gusto dudoso.

Más allá de los experimentos de Kesey, existen otros ejemplos del uso de luz, humo y ruido para conseguir ciertas atmósferas o provocar experiencias varias en el espectador. Puedo citar el trabajo de Ivan Dryer en el Observatorio Griffith de Los Ángeles, donde a principios de los 70 creaba espectáculos con lásers que más tarde amplió a ferias, parques de atracciones y efectos especiales. A nivel más artístico, un buen ejemplo serían Haswell & Hecker, que este mismo año en el Sónar presentaron un concierto en el que, en lugar de intérpretes, en el escenario reinaban simplemente un láser, un foco, una máquina de humo y ruido, provocando un cierto trance en los espectadores. De todas formas, no creo que nada de lo que pueda citar se acerque a la experiencia provocada por Feed, que recoge todos estos elementos y los lleva al límite.

Aunque lo de firmar un papel para entrar a la instalación me sonó a chiste de promoción en un primer momento, alguien me describió la obra como ‘el dragón khan del noise’, entonces fue cuando la cosa empezó a prometer.

Feed comienza de una manera bastante clásica; el espacio de la instalación está concebido como una pequeña sala de cine, en la que de entrada se presenta una película en 3D de unos 20 minutos en la que se ven figuras humanas sin rasgos flotando en el vacío (quizás una metáfora de lo que te espera).

La segunda parte de la pieza es donde hacen su aparición el humo y las luces estroboscópicas. Al acabar la película, la sala se llena de humo hasta que no se ve nada más que un vacío blanco, lo cual se une a flashes de luz de diferentes colores y sonidos de frecuencias bastante bajas. Todo integrado, crea en primer lugar una pérdida del sentido espacial, así como un cambio radical en la percepción, que en último término acaba acercándose a las visiones de un viaje psicodélico. Este viaje dura unos 30 minutos, que desde luego parecen mucho menos. Básicamente, la instalación consiste en eso, aunque es imposible dar una idea aproximada a cualquiera que no lo viva en directo.

Kurt Hentschläger lleva un tiempo trabajando en la creación de obras que intentan sumergir al espectador en otras realidades, o más bien ampliando el marco de la obra hasta el punto de que esta se hace inabarcable a los sentidos. Según propias palabras de Hentschläger, la “naturaleza inmersiva de su trabajo refleja la metáfora de lo sublime”. Sublime, una palabra que me lleva irremediablemente a terminar con una cita de Deleuze que creo que define a la perfección la intención de Hentschläger:

"Kant distinguía dos especies de Sublime, matemático y dinámico, lo inmenso y lo poderoso, lo desmesurado y lo informe. Ambas tenían la propiedad de deshacer la composición orgánica, una desbordándola, la otra quebrándola. En lo sublime matemático, la unidad de medida extensiva cambia tanto que la imaginación ya no logra comprenderla, choca con su propio límite, se anonada, pero da lugar a una facultad pensante que nos fuerza a concebir lo inmenso o lo desmesurado como todo. En lo sublime dinámico, es la intensidad la que se eleva a una potencia tal que ciega o aniquila nuestro ser orgánico, lo deja aterrorizado, pero suscita una facultad pensante por la cual nos sentimos superiores a aquello que nos aniquila, para descubrir en nosotros un espíritu supraorgánico que domina toda la vida inorgánica de las cosas: entonces ya no tenemos miedo, pues sabemos que nuestra «destinación» espiritual es lisa y llanamente invencible."

No comments:

Post a Comment